Valencia, el nacimiento de una vocación

Transcurre la década de los 40, el padre de Salvador abre una tienda de muebles (antiguos y nuevos) que tendrá varias ubicaciones en calles hoy desaparecidas al crearse la Plaza de la Reina, y finalmente la conocida tienda de antigüedades “Casa Victoria” en la céntrica calle de Jorge Juan, establecimiento que se ha clausurado hace pocos años, después de haber sido regentado por su hijo José, y posteriormente por su nuera Enriqueta Pechuán tras la muerte accidental de éste en febrero de 1982, acontecimiento que le marcó tanto a Salvador que estuvo casi un año sin coger los pinceles.

Ramón Victoria nos recuerda también que: algunos de esos muebles se hacían en casa y todos participábamos en la elaboración, bien dando pintura, encerando o, por ejemplo, encordando los asientos de un tipo de sillas que se vendían muy bien. Cuando Salvador creció lo suficiente entró a trabajar en un taller artesano de tallista, donde hacía unas cornucopias y marcos de madera que luego doraba y vendía en la tienda, que también pasó a ser nuestra nueva vivienda.

En 1943 se matricula en la Escuela de Artes y Oficios, donde se afianza y confirma su interés por las artes plásticas. Aquí estará hasta 1947 y este mismo año ingresa en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Carlos de Valencia. El Museo Salvador Victoria cuenta entre sus fondos con uno de los primeros óleos pintados por Salvador. Es un pequeño retrato de 43,5 x 26,5 cm de su amigo y compañero de estudios Doro Balaguer. Realizado al óleo y sobre lienzo, está fechado en 1946 y si pensamos que está realizado con tan sólo 18 años, nos da una idea muy acertada de lo seguro, diferente y avezado que era el joven artista. En este cuadro vemos a un Victoria alejado de ese postsorollismo aplicado a este momento al referirse a la influencia del ambiente local es decir, el impresionismo levantino. Sobresalen en el retratado los rasgos naturalistas y las cualidades físicas, desarrollando una pincelada con una suave tendencia a la abstracción.

El nivel docente en San Carlos no atravesaba un buen momento. Los mejores profesores antes de la Guerra pertenecían al bando perdedor y prácticamente todos se marcharon al exilio, fueron depurados o se adaptaron a otro tipo de enseñanza más acorde con lo nuevos tiempos. Un ejemplo de esto último lo tenemos en Genaro Lahuerta (1905-1985), quien en 1935 obtuvo la beca Conde de Cartagena, viajó por Francia, Italia, Holanda y Bélgica, y conoció de primera mano la pintura cuatrocentista de Piero Della Francesca (1410/20-1492) y la de Marc Chagall (1887-1985), Auguste Macke (1887-1914), Franz Marc (1880-1916) y Paul Klee (1879-1940). Lahuerta, desgraciadamente en 1939 se amolda plásticamente a los conceptos conservadores del momento. Había sido el artista más sobresaliente de su generación ya que Josep Renau (1907-1982) se había exiliado. Aunque no fue un abanderado de la pintura de alegoría del nuevo régimen imperante, tiró por la borda los principios de vanguardia que él conocía y practicaba, para realizar una creación más acomodaticia. No hace falta recordar que la generación pictórica de la posguerra no pudo desarrollar en estas condiciones sus distintas posiciones de renovación desde el conocimiento de las bases establecidas en el marco de la propia historia. Sin embargo, en palabras de Manuel Muñoz Ibáñez: Genaro Lahuerta fue un hombre exigente y crítico en un período en el que se le cuestionó el rigor de la enseñanza, y donde el encuentro con la creatividad se creía que no debía ir necesariamente parejo al dominio metodológico de la técnica y del procedimiento.

Lahuerta fue probablemente el único profesor de Victoria que tenía algo que transmitir. Las claves pedagógicas de Lahuerta se resumen en el valor estético de la forma y en una actitud antisorollista de la luz. En esos años era un ir contracorriente, pues los profesores de la Escuela de San Carlos eran todos sorollistas y no es atrevido imaginar a mi entender que las enseñanzas de éste influenciaron a Salvador tanto como las del padre Alfons Roig, que aunque era profesor de religión, apoyaba bastante el arte contemporáneo.

A pesar del no muy edificante ambiente cultural de la Valencia de posguerra y de la retrógrada calidad de la enseñanza, la vocación y la constancia del joven Victoria le llevarán a pintar incansablemente, a investigar, a aprender y aprehender, todo lo posible, a veces buscando puntos de reflexión y fuentes de conocimiento de manera autodidacta. A falta de buenos profesores, de los que Salvador dijo que pudo recibir solamente una estricta formación técnica, esto es, el oficio, Victoria se enriquece de la amistad y el intercambio de experiencias con sus jóvenes compañeros de San Carlos, donde coincide con el ya citado Doro Balaguer ( n. 1931), José Vento, (1925-2005), Manuel Hernández Mompó (1927-199), Juan Genovés (n. 1930) y Eusebio Sempere (1923-1985), entre otros. Precisamente Doro Balaguer ha contado que Salvador era muy disciplinado y que su voluntad y decisión le impulsaba a no perder el tiempo y pintar todo lo que podía, que era mucho. Recordaba que más de una vez se quedó solo en una clase pintando mientras el resto de alumnos aprovechaba la ausencia del profesor para abandonarla.

Cartillas Turolenses, publicado por el Instituto de Estudios Turolenses con texto de Jesús Cámara, director del Museo Salvador Victoria en Rubielos de Mora.



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