Rubielos de Mora, partida y meta de un artista



El 7 de diciembre de 1928 nace Salvador Victoria Marz en Rubielos de Mora (Teruel), lugar donde pasará los primeros años de su vida. Las calles de Rubielos, sus portalones y sus plazas, fueron el marco de sus primeros juegos de niño, su luz fue la primera que se fijó en su retina, y entre sus gentes encontró a sus primeros amigos. Su padre, D. Ramón Victoria Bertolín era ebanista y realizaba muebles de gran calidad e instrumentos de música. Era el segundo de cuatro hermanos: Teresa, Salvador, Ramón y José. La inclinación y las aptitudes artísticas de Salvador Victoria se manifiestan muy pronto, destacando en el dibujo desde muy pequeño, aunque a buen seguro, podemos presumir que se lo pasaría a lo grande garabateando y dibujando con sus compañeros de pupitre, como el escultor José Gonzalvo, el maestro de forja Manuel Baselga o su primo Manuel Górriz.

Cuando Salvador tenía ocho años, en plena Guerra Civil, en la primavera de 1937, se traslada a Valencia con su familia que se establece en un piso de la Plaza de Santa Cruz, en pleno barrio del Carmen, justo a dos manzanas de la Escuela Superior de Bellas Artes, y finalmente tras varias ubicaciones en el número 32 de la calle de Bonaire, paralela a la espléndida calle de la Paz. Una vez finalizada la contienda, la madre de Salvador, Doña María Bárbara Marz Gimeno sufre prisión durante varios años, primero en los fríos y duros muros del cercano Castillo de Mora de Rubielos, y después en Zaragoza, en palabras de Ramón Victoria : por supuesta colaboración con el ejército “rojo” en Rubielos de Mora, cuando realmente sólo había auxiliado a heridos y damnificados del bando republicano. […] Éstos fueron los peores años para toda la familia. Nuestra hermana Teresa tuvo que ejercer de madre para llevar la casa aunque todos colaborábamos ayudando siempre que salíamos del colegio. Es lógico pensar que esta separación tuvo que ser muy traumática para un niño especialmente sensible. En todo caso no se puede entender la temprana madurez de Salvador, sino es por esta penosa situación que le obligó a crecer antes de tiempo.

Durante este triste periodo, su padre no ahorró esfuerzos para llevar adelante y alimentar estas cuatro bocas. Desde luego, educó a sus hijos con mano de hierro, pero, tal vez para compensar el ambiente miserable de la posguerra, los llevaba cada domingo a escuchar a la Orquesta Municipal Valenciana que tocaba gratis en el Kiosco de los Jardines de Los Viveros. Salvador se aficionó tanto a estos momentos musicales que, pocos años después, en plena adolescencia, dedicó su primer sueldo a comprar un abono para los conciertos de la Filarmónica.

También es verdad que el aire de Levante y el color del Mediterráneo harán huella indeleble en su vida y en su concepción del mundo, a la vez que las casas, el color y las tierras de Rubielos, que le acompañarán siempre. Su madurez le regresará a su pueblo, y su gran obra póstuma, el Museo que lleva su nombre, no podría tener mejor ubicación –por expreso deseo del artista- que Rubielos de Mora, voluntad que ha cumplido con creces su mujer Marie Claire.

Aragón, Teruel, Rubielos... una presencia constante aún en la lejanía, en el alma y en el trabajo de Salvador Victoria.

A pesar de vivir durante varios años fuera de España, de lograr el reconocimiento de su obra y residir después en Madrid, viajando por toda Europa, norte de África y Estados Unidos, Salvador Victoria siempre estará ligado, voluntaria pero indefectiblemente a su pueblo y a su tierra. Nunca perdió la relación con sus primos Górriz que volvieron a Rubielos bien entrados los años sesenta. Y cuando murió la madre de Salvador en 1970, una desaparición inesperada, que fue un duro golpe, tuvo a bien pasar cada verano unos días con su padre en la casa natal del pueblo. Fue un verdadero reencuentro con sus raíces -esos paisajes que tanto le llenaban- hasta tal punto que intentó entonces, infructuosamente, comprar una masía cercana. Finalmente, su última ilusión, la construcción de un chalet en Rubielos, le ocupó en cuerpo y alma en 1993 y 1994. Se había diseñado ahí un estudio donde pensaba pintar durante largas temporadas.

Salvador Victoria será un hombre fiel a sus ideas estéticas y sociales, a la pintura, a su tierra y a sus gentes. Siempre fue y se sintió aragonés aunque la mayor parte su vida transcurriera fuera de Aragón. Su tierra turolense, dura y bella, como la vida, estuvo tan presente, tan cerca como lejana en su vida y en su obra, ya que para Salvador, una y otra fueron la misma cosa.

La prueba más clara de la lealtad de Salvador Victoria es el recuerdo constante de su origen. Él descansa para siempre en la tierra de Rubielos, no muy lejos de donde abre las puertas su Museo, el lugar creado para su obra y para la de sus amigos y congéneres artistas, el lugar desde el que está dado a perpetuar su genio, cuando incluso los que todavía le conocimos, también nos hayamos ido para siempre.

Cartillas Turolenses, publicado por el Instituto de Estudios Turolenses con texto de Jesús Cámara, director del Museo Salvador Victoria en Rubielos de Mora.


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