Las esferas de Salvador Victoria
“La esfera es metafísica y algo concreto, no obstante es abstracta” .
S. V.
Si en la obra de Salvador Victoria su única reivindicación fue la abstracción; su principal forma de contestación, la fidelidad a sí mismo, y su mayor compromiso, la investigación en la forma y el color, sin duda alguna, son las esferas el principal recurso de su retórica plástica.
Las esferas, los círculos, utilizados ya desde época temprana por Salvador junto con otras formas geométricas, van desplazando a triángulos y cuerpos rectangulares para tomar el protagonismo de la estructura compositiva de los cuadros de Salvador Victoria durante más de 30 años. A través de ellas Salvador Victoria articula un universo propio, como si en la ingravidez onírica en la que muchas flotan y evolucionan, el artista hubiera encontrado su hábitat plástico ideal.
Las esferas son, en definitiva, el elemento identificativo, incluso entre el público general, de la obra de Victoria, y son también el argumento central de la mayor parte de la literatura y de la crítica artística escrita entorno a su figura.
Salvador Victoria encuentra en el círculo su definitivo recurso expresivo: puntos gigantes, circunferencias, esferas... El poder simbólico del círculo es tan grande que consigue por sí mismo llenar de matices y significados la pureza abstracta de su pintura.
Al margen de la Historia y la herencia simbólica de la Humanidad, en el S. XX los científicos nos han descubierto a la esfera, al círculo, como la forma real del principio de todas las cosas; la célula, el átomo, el electrón, los astronautas pisaron la ingrávida esfera lunar y todos vimos, desde fuera esa bola que es nuestro mundo.
La esfera como personificación de la pureza, de la luz inmaculada, definida y exacta; sin mancha. A veces en contraposición con otras formas impuras, de trazos indefinidos, como de borrón o brochazo, la claridad amenazada de lo oscuro, de lo informe, de lo impuro o quien sabe si la propia vida, alimentada desde un cordón umbilical cosmológico, en la particular, pero ineludible, cosmogonía de Salvador Victoria. Otras veces son círculo, como mundos inhabitados, en espera de la eclosión de la vida .
En alguna ocasión la esfera se sublima en la forma anular, en otras los círculos se superponen a veces, otras se penetran a través de una sutil veladura, rompiendo las leyes de la física de los cuerpos sólidos, leyes que no existen en el universo particular de Salvador Victoria.
La esfera es sol y es vida a través de juegos de amarillo o es misterio de luna en una ineludible huida hacia el blanco que se hace cada vez más fuerte en las últimas obras. También hay esferas nacidas de la bruma, de la humedad de nube, del gris al violeta, pasando por toda la gama de azules fríos, como de hielo, que sin embargo también resulta fecundo en Salvador Victoria. A veces, sin abandonar la esfera, se quiere advertir un guiño al paisaje, como un sol, emergente o poniente, sobre un horizonte de manchas onduladas o de tormentoso caos donde la imprecisión de sus la formas refuerza a la esfera en su pureza.
Pero sea cual sea el efecto, a veces no mucho más que el valor de lo meramente estético, de juego con el poder del color y la forma, de las investigaciones de Salvador Victoria y de su capacidad de crear matices y temperaturas a partir de las gamas. Tal vez sólo estemos ante eso, un juego de color y de forma. O tal vez vaya mucho más allá. La esfera como expresión de algo más allá de la materia. La pintura de las esferas de Salvador Victoria respira una espiritualidad innegable, buscada a través de la divina perfección del número y la geometría.