Madrid, la expansión creadora


A principios de 1965 se instala definitivamente en Madrid y expone en el Ateneo. Al incorporarse al magnífico grupo de artistas de la Galería Juana Mordó, sus obras comienzan a ser conocidas en el panorama cultural madrileño y en el resto de España, donde ya se estaba empezando a mover algo.

Madrid es para Victoria una nueva vida –en España es casi un desconocido, debe empezar casi desde cero-. El cambio de residencia y de contexto también se trasluce en una transformación radical y definitiva –aunque no violenta- en su pintura que camina hacia el estilo personal que le caracterizará.

No abandona, ni lo hará nunca, el estudio y la reflexión sobre técnicas y conceptos plásticos, ni tampoco la utilización del color y la luz, esta vez sin limitaciones, extrayendo de ella todas sus posibilidades estéticas e incluso un poco después, las simbólicas.

Uno de sus primeros cambios de su etapa madrileña es el interés por la tercera dimensión. Las formas geométricas van tomando protagonismo y el orden sereno se impone en sus composiciones. Sus guiños a Lucio Fontana son evidentes en unas obras que se podrían calificar como esculto-pinturas y en los que el bastidor del cuadro es vuelto al espectador, y formando en relieve el lienzo continuo que vuelve a ser clavado en parte del mismo bastidor. Utiliza colores planos, interrumpidos por unas fugaces manchas de color de trazo gestual.

Desde Madrid hasta el final de sus días realizará collages. Hasta 1970 son cuadros realizados a base de cartones y/o trozos de lienzo plegados, pegados y sobrepuestos, cortados con precisión máxima, y sobrepintados con temple, como los pintores italianos del quattrocento. Investiga los efectos del color y de las calidades matéricas de los diferentes papeles, cartones, y lienzo, aprovechando los propios efectos que las texturas y gramajes ponen a su disposición: a partir de ellos obtiene relieves, veladuras, efectos de color, sombras y relieves –efectos de tercera dimensión o de bajorrelieve-, ciertos juegos ópticos, siempre margen de lo pictórico. Son auténticos paisajes intelectuales, con una base siempre más oscura que la superior. Seguimos con esa lectura cosmogónica, aunque en las obras de estos años podamos hacer una lectura más cercana a la tierra.

La base es el orden de la forma pero el dominio es del color, donde reina la luz. Unos colores suavísimos, elegantes en sus gamas, que impregnan las obras de lirismo, desarrollando una teoría propia de la luz y el color que Salvador Victoria formula a golpe –siempre amable- de corte y de pincel.

A final de la década de los 60 sus collage van adquiriendo “cuerpo”. Dejan lo que de ensayo pudieron tener los precedentes para convertirse en auténticas series, en los que el temple es sustituido por el óleo, y el cartón o trozo de lienzo de soporte, por la tabla. Hacia los años 1968 y 1969 realiza una serie de óleos en los que predomina la monocromía. Buen ejemplo de ello es la obra que se muestra en la Colección Permanente del Centro Cultural Conde Duque en Madrid.

A partir de 1970 elabora unas series geométricas, presididas por la simetría. Es también ahora cuando los juegos de color abandonan el cuadro. Obra más metafísica. El color, constante fuente de inspiración y creación en Salvador Victoria, aquí parece sublimarse, como detenerse en un momento, qué mejor homenaje al color que la dedicación –sólo a uno de ellos- de todo el tiempo de cada uno de los espacios (geométricos) y el espacio de la obra.

Comienza en 1967 su dedicación a la obra gráfica, pasando de un centenar los trabajos catalogados. Gracias a su hermano Ramón que poseía una industria de serigrafía VIMA, en Valencia, Salvador comenzó ese año su incursión en el mundo del grabado. Un trabajo que ha llevado desde entonces paralelo al de su pintura. El Museo del Grabado Español Contemporáneo de Marbella presentó en 1998 la catalogación de de su gráfica y una Colección completa de la misma se haya en los fondos del Museo de Rubielos. Muchos de ellos son carpetas que firma junto con otros artistas como Sempere. Salvador Victoria también realizó muchas ilustraciones, de tipo comercial, publicitario y de carácter cultural, desde estos momentos hasta sus últimos días.

En 1968 participa en la Bienal de Alejandría. Sus exposiciones también visitan numerosas regiones españolas.

Un ejemplo más de los múltiples campos de experimentación en los que se mueve Salvador en estos años, es la realización de una vidriera de 315 x 138 cm con soporte de hierro y cemento, reproducida en estas páginas, para la casa de la familia Nolasco-Bethencourt en Torrelodones, amigos de los Muñoz-Avia. Y ya que nombro a Lucio Muñoz, aprovecho aunque me adelante en el tiempo para sacar a la luz la participación de Salvador Victoria en el Sagrario de la Basílica de Arántzazu. Ninguno de los estudios realizados sobre la mencionada Basílica, ni incluso el publicado en 1994 por la Diputación Foral de Vizcaya – en el que se analizan todos los proyectos presentados por encargo o concurso- recoge este punto. Se conserva una carta dirigida por el ecónomo de la Basílica D. Juan Elicegui al artista comunicando en noviembre de 1983 el pago por la realización del proyecto y maqueta del Sagrario con destino a la Basílica de Nuestra Señora de Arántzazu, según idea del pintor Lucio Muñoz, supervisado y dirigido por el diseñador Salvador Victoria, y efectuado en los talleres MAGISA de Torrejón de Ardoz”, a la vez que una serie de fotografías en color realizadas en el estudio de Salvador en la calle Padre Jesús Ordóñez con el proyecto de diseño en cartón que realizó, así como del Sagrario definitivo recién traído de Torrejón de Ardoz –que ya estaba revestido por las pinturas de Lucio-, antes de iniciar su viaje definitivo a la Basílica.

Los años setenta traen a la pintura de Salvador Victoria el rigor y la contención. Los collages persisten, eso sí en la constante evolución, natural, intuitiva e investigadora, que caracteriza su producción. Las formas geométricas salen ahora de los pinceles: triángulos, conos, pirámides, y cómo no, las formas curvas, que al cerrarse sobre si mismas acabarán dando lugar, en la década siguiente, a sus característicos círculos. El orden es casi matemático en la disposición geométrica.

Hacia 1971 va abandonando todos aquellos elementos en forma de volúmenes plegados que le parecían superfluos. El tono general es más suave; las aristas pierden fuerza, algo orgánico va apareciendo en un espacio dominado antes por la pureza geométrica, se vislumbran ya paisajes imposibles, cósmicos, algo etéreo, como de sueños.

En los 70 su paleta se hace más cálida, los tonos rojizos, cárdenos y ocres van apareciendo por primera vez en sus composiciones. El color se refuerza, se intensifica. En 1973 presenta su primera exposición en Aragón, en la Galería Atenas de Zaragoza, que antecede en cuatro años a la de la Sala Luzán: una amplia muestra también en la capital aragonesa, que adquiere gran repercusión. Su pintura también sigue cruzando nuestras fronteras, expone en Alemania, vuelve a otra Bienal de Venecia (1972), y expone con éxito en la Fundación Juan March, participando en una exposición itinerante que toca también Londres, París, Roma y Zurich.

A mediados de la década, otra nueva exposición en su tierra, esta vez en el hoy desaparecido Museo de Arte Contemporáneo del Alto Aragón, en Huesca, en la que se presenta una selección de obras del lustro anterior, confirma la difusión en la región de la pintura de Salvador Victoria.

Entre 1976 y 1979 observamos un momento constructivista con formas geometrizantes: son círculos cruzados con cintas. Una importante serie en la que Victoria también aprovecha los viajes realizados a Inglaterra para visitar puentes de hierro en compañía de su amigo Miguel Aguiló, Ingeniero de Caminos, para trabajar en cuadros en los que aprovecha las formas geométricas de esas construcciones decimonónicas. Y desde mediados los setenta hasta mediados los ochenta Salvador investiga el sentido de la perspectiva a base de cartulinas y/o acetatos superpuestos, todo ello con un resultado donde la precisión y el rigor nos sorprenden.


Cartillas Turolenses, publicado por el Instituto de Estudios Turolenses con texto de Jesús Cámara, director del Museo Salvador Victoria en Rubielos de Mora.



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