…Paris, la pulsión de la vanguardia


Gracias a una beca del Ministerio de Educación de 2.200 pesetas mensuales o su equivalencia en divisas, que era irrisoria- marcha a París a principios de 1956, residiendo inicialmente en un verdadero estudio de pintor , en el número 37 de la rue Henri Barbusse, en pleno Montparnasse. Llega con el deseo de conocer de primera mano lo que se hacía en el mundo, de vivir verdaderamente la actividad cultural, de conocer a los grandes y a los últimos: Entonces en París se exhibía todo, se hablaba de todo, se veía todo y se valoraba, puede que excesivamente, todo dice de esa época su amigo Doro Balaguer con quien viajó a París y compartió el mencionado estudio.

Victoria vivirá casi diez años, en la capital de Francia, suponiendo una etapa decisiva para su formación, su profesionalización como pintor y la creación de su lenguaje plástico.

Salvador Victoria ve, investiga, reflexiona sobre lo que ve; nada le distrae de la pintura, ni la gran ciudad, ni la política, ni las mil y una novedades que la vida parisina y sus libertades ofrecían al joven pintor, digamos provinciano y recién llegado. En palabras del propio Victoria París me abrió los ojos a muchas incógnitas. Desde su primer estudio parisino Victoria conoce y pinta, ensaya y pinta, visita galerías y museos y pinta, debate sobre arte y pinta, en un difícil pero conseguido equilibrio entre la permeabilidad y el ensayo de nuevas técnicas y conceptos plásticos, va labrándose una línea de expresión plástica propia y personal. El 4 de abril de 1956 nuestro artista llegó a escribir a Natacha Seseña, a quien conoció en Madrid con motivo de aquella exposición del Paseo de Recoletos: No te puedes imaginar lo que supone el cambio de Madrid a París artísticamente. Yo me consideraba moderno en mi concepto y mi forma, pero aquí yo quedo primitivo y la evolución es inminente.

Salvador Victoria se interesa por las galerías parisinas más vanguardistas, las últimas tendencias: los expresionistas norteamericanos, el tachismo, el informalismo matérico, la abstracción lírica de la llamada Escuela de París, pero también busca con afán la pintura que se conserva en el Louvre, especialmente los primitivos italianos como el Beato Angélico (c.1395-1455) o Giotto (c.1267-1337) y en esta época viaja por primera vez a Italia, acompañado de Eusebio Sempere.

Será precisamente la investigación de nuevos medios y formas de expresión, junto con la atención constante al color y la luz, la principal característica de la obra de Salvador Victoria, desde sus inicios hasta la obra de mayor madurez y plenitud

Asiste -según cuenta Marie Claire- a conciertos en la Ciudad Universitaria, en las iglesias parisinas, en la “Salle Pleyel”. En su pintura habrá pronto una lectura o interpretación en cierto modo se diría que musical, lo que es hilarlo otra vez con Kandinsky, pues podemos decir que la pintura de Salvador Victoria llega a tener más adelante sonoridad, o que acusa resonancias místicas o espirituales

Victoria, que como muchos de sus compañeros realizaba otros trabajos para sobrevivir, pinta entonces numerosos guaches, material muy propicio para la investigación, y mucho más barato que el óleo, pero que mantendrá toda la vida. Medio técnico de expresión rotundo y acabado en nuestro artista.

Con la ayuda de Sempere, entró en el Colegio de España. También en esta época inicia relación con otros artistas españoles, músicos, críticos, exiliados políticos. Con muchos de ellos compartirá ideas e ilusiones a lo largo de toda la vida: los pintores Lucio Muñoz(1929-1998), Isidoro Balaguer, Egon Nicolaus (1928-1988), Joaquín Ramo (n. 1928), Enrique Gran (1928-199......), Pierre Soulages (1919), el grabador Abel Martín, el crítico de arte José María Moreno Galván (1923-1981), el futuro político Eduardo Punset, el crítico de cine César Santos Fontenla (1931-2001), el violinista Gerardo Gómez Casaís, el periodista Ramón Chao, etc.

En París Victoria conoce de verdad la abstracción y asume y practica el informalismo, de enorme importancia en ese momento. Allí muchos de los artistas de aquellos años, bastantes de ellos españoles y amigos, también participaban de esa tendencia que por entonces la llamaban arte otro. El profundo conocimiento de esos artistas y la admiración de su obra fue determinante para que varias décadas después El Informalismo Español fuera de España visión y experiencia personal (1955-1965) publicado por la Biblioteca Aragonesa de Cultura, fuera el tema de su tesis doctoral, leída en 1988, y dirigida por Paco Echauz, publicada en 2001.

El informalismo le sirve tanto de medio de expresión –o más bien de reacción-, como de campo de experimentación. La materia, cada vez con más libertad, va tomando cuerpo en el cuadro, ha desplazado a la figura, aunque mantiene una base de composición en aras de la geometría. Son grandes manchas de colores pardos y sienas, pero también el rojo, el verde, el malva. Son como islas a la deriva, La gran pasta de óleo y la cola se mezclan con polvo de mármol, arena, tierra, cada vez de grano más grueso. Una lección bien aprendida de los grandes maestros de la materia, especialmente de Jean Dubuffet (1901-1985).

Investiga incansablemente los recursos plásticos y expresivos que la materia ofrece, convirtiéndose en el elemento principal de su lenguaje artístico. Es un informalismo no exento de pulsión, en el que se manifiesta una búsqueda expresiva que en sucesivas obras se irá encauzando a través de lo gestual, aunque adoptando un tono un poco más lírico que los demás artistas de la corriente. Así pues, el Victoria de los primeros años de París apunta personalidad en su visión informalista, destacando además por un particular uso del color en un naciente discurso plástico propio, que con la natural evolución también le acompañará siempre, pero que en aquel tiempo le hace destacar por lo que suponía de riesgo y de pasión. A partir de 1959 aparece una referencia lejanamente cosmogónica y central en la obra, es la forma esférica que comienza a ser apreciable entre los anchos trazos del pincel o de la espátula. Una abertura de fondo
-generalmente blanco-, una clara fórmula de presentar un vacío sin límite, una perspectiva visual hacia el abismo, hacia el infinito. De 1959 son una treintena de guaches sobre papel todos inéditos, a excepción de los que se encuentran en el Instituto Valenciano de Arte Moderno y en el Museo Luis González Robles de la Universidad de Alcalá de Henares.

Además de la abstracción, el conocimiento de”lo que se hacía” y de los maestros antiguos, junto al descubrimiento de las libertades y del aprender a buscarse la vida, Salvador Victoria hizo en París su mayor y más importante conquista. Allí conoce a Marie Claire Decay Cartier, en 1957, precisamente en la inauguración de una exposición de artistas españoles en el Colegio de España. Contrae matrimonio con ella en 1958, y será tan importante en su equilibrio vital como en su madurez artística. Marie Claire, goza de un tesón e inteligencia que sólo una mujer menuda de talla y grande de espíritu posee. Marie Claire fue desde entonces y para el resto de su vida la compañera ideal, el apoyo perfecto, y como algunas otras de las esposas del grupo, de aquel inolvidable grupo de artistas, fue un miembro más de esa generación que bien podría llamarse la generación del 57.

Viene al caso la semblanza que ha escrito la poetisa y amiga íntima de la pareja Françoise de Peretti:

Cuando conocí a Salvador, ya había “entrado en la abstracción” como otros entran en la fe; el hombre y el artista en simbiosis gemelar; para este binomio funcional, la pintura era el soplo primordial, un arte de vivir.

En esta época Salvador Victoria empieza también a darse a conocer internacionalmente, mucho antes de que su nombre y su obra comenzará a sonar en España. Expone en dos prestigiosas galeries de la rive gauche (Galerie la Roue y De Beaune); y gracias al interés que su obra suscita en Luis González Robles –responsable de la participación española en bienales extranjeras- participa en 1960 en la Bienal de Venecia, volviendo a estar presente en sucesivas ediciones. Su contacto con González Robles comienza con una carta fechada el 20 de diciembre de 1958, dirigida a Salvador Victoria y que dice así: Mi distinguido amigo: Eusebio Sempere, nuestro común amigo me muestra unas fotografías de alguna de vuestras obras. Me he quedado con las fotos. Me gustaría poder cambiar impresiones con usted sobre muchas cosas que traigo entre manos. Ya sabe por Sempere –espero que se lo haya contado- que mi trabajo consiste en hacer por esos mundos exposiciones, pero nada de negocios mercantiles. Puro arte. Ya hablaremos si le parece. Tenemos que intercambiar ideas. Espero sus noticias si le place. Le deseo un feliz año 1959. Cordialmente, Luis González Robles. Naturalmente Salvador contestó tan amable carta e inició con González Robles unos fructuosos contactos. Cuando venía a París -cuenta Marie Claire- este importante funcionario completamente vestido de negro subía los cinco pisos sin ascensor de la Rue des Martyrs para ver lo que estaba pintando Salvador.

Desde luego la Bienal del 60 fue la primera gran oportunidad para Salvador, un trampolín en su vida profesional y además una estupenda fiesta. Salvador recordó toda su vida el formidable ágape ofrecido por la condesa de Volpi en un palacio veneciano de ensueño, que tan curiosamente evoca Amalia Avia en sus Memorias De puertas Adentro, publicadas en 2004.

En 1963 forma con Gentry, Sam Kaner, Sornum, Fazakerley, Lundberg, Nyholm, Ortvad, Scarpa y Egon Nicolaus el Grupo Tempo (No fue esta su única experiencia en grupos artísticos, de tanta vigencia en esas décadas, a su vuelta a España, participó desde finales de los ochenta en el Grupo Ruedo Ibérico). A Nicolaus que está presente en la Colección Permanente del Museo de Rubielos, le conoció en la Galería Stadler de París en 1958 y no fue sino tres años después de exponer con él en 1960 en el Museum Fur Wolkerkunde de Hamburgo cuando presentan la primera colectiva del Grupo en Munich. El mismo Victoria en su tesis apunta el carácter adelantado de dicho Grupo: Fue concebido sin fronteras como una unión de artistas internacionales que, sin perder sus características más personales, entendieron su labor como algo que escapaba de los límites de un país y que tendía (como el arte mismo) a lo universal. Ahora, cuando está muy en auge el debate entre una pintura de raíces nacionalistas y otra con bases estéticas eclécticamente seleccionadas de todo el mundo, recuerdo a los componentes de Tempo como un grupo que supo combinar ambas cosas, apostando por la vanguardia internacional y conservando la herencia artística que cada uno había recibido. Esto es algo de lo que inevitablemente participa la obra de arte. Nos sorprende la clarividencia de estas reflexiones por lo vigentes que siguen siendo.

Por otra parte, gracias al interés que la obra de Salvador despertó en Juana Mordó -en los tiempos que estaba trabajando en Biosca, y antes de fundar su propia galería en 1964- Salvador expuso también en el extranjero junto a Manuel Millares, Luis Feito, Antonio Saura, Enrique Gran, Francisco Farreras, Amadeo Gabino, Lucio Muñoz, Manuel Rivera, Martín Chirino, entre otros; artistas todos ellos que posteriormente entrarían a formar parte junto a Victoria de la galería Juana Mordó, valiente y valedora de todos ellos hasta el final de sus días.

Con esta intensa actividad expositiva, la evolución en los últimos cinco años de París resulta perfectamente apreciable. El trazo se contiene poco a poco y el número de colores se reduce a dos o tres, con variaciones en negro y rojo o en negro, rojo y azul. El gesto cede ante un aparente orden en la superficie de la obra, en la que se advierte la presencia de los fondos de color plano. Hay más calma, el informalismo va diluyéndose en un proceso de geometrización inminente, pero de forma suave, amable, como todo lo suyo. La pulsión irá cediendo ante la racionalización.

Cartillas Turolenses, publicado por el Instituto de Estudios Turolenses con texto de Jesús Cámara, director del Museo Salvador Victoria en Rubielos de Mora.



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