15 años de plenitud artística


Desde 1980 hasta el final, Salvador Victoria conocerá una etapa de plenitud: de intensa y fructífera madurez creadora y de amplio reconocimiento a su figura. Es el momento de las primeras grandes exposiciones antológicas: Centro Cultural de la Villa, en Madrid (1984), el Palacio de la Lonja, en Zaragoza y en el Museo de Bellas Artes de Huesca (1985). (Tengo el buen recuerdo de haberle conocido y tratado personalmente desde 1983 con motivo de la preparación de esas muestras. La memoria imborrable de su calidad humana e intelectual que tanto refleja en su pintura no me abandonarán nunca ni dejarán de sorprenderme). En 1988 se le concede la Gran Cruz de San Jorge en Teruel y se hace coincidir con otra amplia exposición en el Museo Provincial de esa capital. Forma parte del Grupo Ruedo Ibérico desde comienzos de 1989, con el que realiza exposiciones en Madrid, Praga, México, Marbella, etc. y un feliz viaje a Bulgaria. En 1992 el Ayuntamiento de su villa natal le hace entrega del título de Hijo Predilecto.

Pero sobre todo estos 15 brillantes años son el momento en el que sin parar de evolucionar, suave y elegantemente como siempre, el artista parece ser consciente de estar realizando su producción más definitiva. Las obras de sus últimos años resumen a modo de compendio toda su sabiduría. Desde 1989 trabaja en unas obras en las que la esfera protagonista está dentro de un marco pintado, una claro homenaje a Josep Albers (el cuadro dentro del cuadro). El inicio de la década de los 90 es un camino hacia la pureza de las formas que encierra un claro deseo de trascendencia. Se ha hablado de la obra de Salvador Victoria como de abstracción lírica, de metafísica abstracta. Es la rotunda sencillez de lo sutil, de lo leve, tan inmutable como el universo del que se nutre, tan necesaria como la vocación expresiva de un artista. No es casualidad ni anécdota que una de las obra de cabecera de Victoria fuera De lo espiritual en el Arte, de Kandinsky, como advertí páginas atrás.

Sus cuadros se llenan de esa serenidad luminosa de quien tal vez ya ha culminado su existencia y roza entonces, aunque sea de soslayo y entre lienzos todos los secretos del arte y de la vida. La luz es el elemento clave de la composición.

Abstracción espiritual que libera la búsqueda de la trascendencia del símbolo formal. Salvador Victoria construye a través de la esfera un discurso lírico y colorista donde las palabras sobran, como tantas veces. No obstante, en muchas obras de los 90 se aprecia un redescubrimiento del lenguaje informalista en el tratamiento de manchas, un recuerdo parisino como la manera de caligrafía oriental que plasma en los collages de papel de seda de 1987 y 1988, en las colecciones de los museos de Teruel y Rubielos, y de las Bodegas Enate.

La depuración, unida a una mayor soltura de trazos y presentaciones, roza el clasicismo en los últimos 2 ó 3 años de su producción en el tratamiento de la luz y las veladuras, en las medidas y proporciones y hasta en el ritmo pictórico. Su homenaje a Velázquez del Museo rubielano, es buen ejemplo de ello.



Algunas obras de su últimos quince años



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