Su espíritu viajero: Granada, Islas Baleares, Madrid, Barcelona…


El crítico de arte valenciano Vicente Aguilera Cerni nos habla de la situación de aquel entonces: en Valencia predominaba un localismo de muy cortos vuelos, detenido en las postrimerías del siglo XIX; una carencia absoluta de ambiente y estímulo forzaba casi siempre la partida de los más inquietos entre los jóvenes (como Vento, Genovés, Sempere, Victoria, Hernández Mompó, Albalat); las nuevas hornadas se encontraban desorientadas y –lo que es peor– veíanse fuertemente coaccionadas por gentes cuyo horizonte del mundo apenas si traspasaba los límites provinciales, exceptuando las recomendadas incursiones hasta las nacionales de Bellas Artes.

Salvador en 1949 comienza a colgar sus obras en exposiciones colectivas en Valencia (las de Arte Universitario en el Sindicato Español Universitario, la I Bienal del Reino de Valencia, las de los salones del Frente de Juventudes, las curiosas exposiciones en el domicilio particular del empresario Emilio Bello, las regionales de Bellas Artes, hasta el año 1955, año éste último en que también realiza una individual en su Círculo de Bellas Artes, donde presenta óleos, acuarelas, ceras y dibujos. Previamente en 1951 había realizado su primera individual en el Centro Artístico y Literario de Granada, donde conoció a Manuel Rivera (1927-1995) que entonces colaboraba en cuestiones de arte con el diario Patria de Granada y con quien inició una gran amistad. El joven Victoria en esas primeras muestras tiene esa influencia de la luz levantina como elemento fundamental que va a vertebrar su trabajo posterior, pero eso sí dentro de un lenguaje con tendencia a la abstracción. Marino Antequera en un artículo en el diario Ideal de Granada, el 3 de noviembre de 1951, describía así su pintura: Las cualidades de luz y de color estudiadas en sus propias tierras por los levantinos se adaptan a maravilla a los temas que en la inagotable cantera de Granada ha escogido este pintor. No han sido por cierto, directas alusiones a lo folclórico, a lo típico las buscadas por Victoria. Tampoco ha prendido en sus pinceles de los adustos, melancólicos y sentimentales perfiles de nuestra ciudad. Se ha mantenido equidistante entre ambos extremos […] Con haber conseguido penetrarse del difícil aire de Granada en tan primera juventud y en el exiguo contacto de apenas un mes con nuestra ciudad, se acredita de pintor lleno de promesas. Esta exposición fue posible porque desde octubre de 1951 disfrutó de una pensión en la capital nazarí otorgada por la Residencia de Pintores de Granada. Allí pinta el Patio de los Arrayanes, la Torre de las Damas, los Jardines del Generalife, el Patio del Palacio de Carlos V, las calles del Albaicín, y diversos paisajes montañosos. Aquí está en estado embrionario mucho de lo que luego serán sus inquietudes pictóricas: la geometrización de las formas y la paleta expresionista, y en esto el color deja de ser naturalista y lo utiliza de forma simbólica, en cierto modo es la manera de encarnar y transmitir ideas abstractas y emociones, como especificaré unas líneas más adelante. Salvador no ha desperdiciado, desde mi punto de vista, las enseñanzas de Lahuerta y las ha puesto en práctica. Se conservan como obras referentes de aquel primer aspecto los cuadros de El Plano (Salón de Plenos del Ayuntamiento de Rubielos de Mora) y Orilla del Río (Premio de Paisaje del Ayuntamiento valenciano en 1951 y que está en el Museo de la Ciudad), y un magnífico retrato de su hermano Ramón; del segundo, una treintena de trabajos inéditos en óleo sobre lienzo pertenecientes a la familia Victoria-Pechuán, que fueron salvados de la inundación que sufrió la capital valenciana en 1957 ya que se encontraban almacenados en los bajos de la tienda de antigüedades de su padre, dos de los cuales fueron donados al Museo de Rubielos. El gusto y conocimiento de los expresionistas alemanes (los ya citados Auguste Macke y Franz Marc) y de Chagall es aquí muy evidente.

Al final de sus estudios en San Carlos, en 1952, realiza un par de viajes a las Islas Baleares. Toma contacto con algunos pintores nórdicos que residían allí, e incluso expone en una sala palmesana (Galería Quint). Salvador Victoria con motivo de la exposición antológica de 1984 me comentó: Lo de Ibiza fue una aventura juvenil que hice con un compañero de la Escuela de Valencia (Salvador Montesa), y nos fuimos con ese afán de descubrir y conseguir cosas, y lo hicimos en una época en que España estaba muy limitada artísticamente a todo lo exterior. Ibiza era, curiosamente el único lugar de España, que podría llamarse cosmopolita. Hablo del año 53. Allí se daban cita pintores nórdicos, poetas, artistas de toda índole y falsos poetas y falsos artistas; pero todo esto le daba un clima curioso y tremendo y era muy chocante para un joven, Me gustaba conocer a gentes que estaban inmersas en corrientes de vanguardia, y que acostumbrado yo, al periodo del impresionismo levantino, al realismo y a la pincelada, allí descubrí que los cielos podrían ser rojos o negros o rectangulares. Ví que el concepto del arte era otro distinto al que nos estaban enseñando y fue un verdadero descubrimiento. Sobre todo era un afán por hacer cosas distintas, de ahí mis deseos de viajar y descubrir. Aquí coincidió con José Vento -tres años mayor que Salvador, a quien nuestro artista profesaba una gran admiración- autor de la fotografía con Salvador Montesa (n. 1932) en Porto Petro. También le acompañará en uno de estos viajes Doro Balaguer. La arquitectura ibicenca a base de cubos invitaba ya a la abstracción. Salvador cuenta en otra entrevista: fue una época hermosa, pero con la inquietud de que aún no había encontrado mi camino en la pintura. Lo hallé con la plenitud de la abstracción, con la renuncia a la imagen real concreta; cuando me despegué de toda referencia anecdótica para llegar a una pintura melódica.

Su infatigable espíritu viajero le llevará a pasar una larga temporada en Madrid entre 1954 y 1955 y a visitar Barcelona (concretamente la Bienal de Arte de 1955). Su estancia en Madrid la realiza en compañía de Doro Balaguer y se alojan apenas cuatro días en una residencia de curas por la calle de San Bernardo, pero les dijeron que su actividad y su horario no se ajustaban a la vida de la residencia -Doro Balaguer siempre ha sospechado que les expulsaron por no acudir al rosario que se celebraba cada día- y cambiaron a mejor vida de realquilados en una casa grande de la calle de Infantas, con un amplio salón que les servía de estudio. En la Feria del Libro de 1955 que se celebraba en primavera en el Paseo de Recoletos se acotó un pequeño espacio para una exposición de jóvenes artistas. Ahí expuso Salvador junto a Manuel Alcorlo (n. 1935), Salvador Montesa y Antonio Zarco (n. 1930), entre otros. Una muestra que la prensa del momento destacaba como valiente en su intención figurativa y de índole superior a otras exposiciones celebradas en ese momento asegurando que estos artistas popularizarían esas maneras modernistas del arte de nuestro tiempo más que las teorías de exhibiciones acogidas al calor de las galerías madrileñas. Data de 1954 la primera obra completamente abstracta que conocemos de nuestro artista y está firmada y fechada en Madrid, se trata de un guache sobre papel con una composición de abstracción geométrica a base de cuadrados y rectángulos de color planos. Es el Salvador de antes de irse a Paris donde ya se adivina la atracción por la abstracción, especialmente la del movimiento neoplástico encabezado por Piet Mondrian(1872-1944) y Paul Klee (1879-1940), a los que hasta el momento sólo conoce por malas reproducciones. La salida definitiva de la figuración no podrá realizarla hasta París, porque en el otoño de 1955 recibe el encargo para realizar un gran mural en un comercio de la capital del Túria. Junto a su paisano y compañero de la Escuela de San Carlos, José Gonzalvo plasma una composición de clara raíz picassiana y por ende cubista, de figuras geometrizadas. La huida de la figuración, casi desde el ensayo, que le nace -podríamos decir- como la oposición del color y la forma a la representación. Es como si la imaginación creativa y la investigación técnica le hubieran conducido a otro estadio de expresión.

Sus libros de cabecera desde siempre y en toda su evolución artística han sido De lo espiritual en el arte (1911) y Punto y línea sobre el plano (1926) de Wassily Kandinsky (1866-1944), posteriormente La interacción del color (1963) de Joseph Albers (1888-1976) y Los contrastes del color, color óptico (1973) de Ellen Marx. Para que nos hagamos una idea de su pasión por los catecismos del color y del volumen de Kandinsky, Salvador los guardaba con múltiples anotaciones manuscritas y subrayados, y en algunos casos ediciones de los mismos en español y francés. Esos dos libros están considerados como el abc del arte abstracto, es decir, la primera justificación teórica de una pintura pura que según él actúa sobre el alma a través de sus principios fundamentales: los colores y las formas.

Según Kandinsky para llegar al interior, al meollo que hay bajo la realidad, el camino es el color: El color es la tecla; el ojo es el martillete. El alma es el piano de muchas cuerdas. El artista es la mano que, al tocar ésta o aquella tecla, hace que, ordenadamente el alma vibre.


Cartillas Turolenses, publicado por el Instituto de Estudios Turolenses con texto de Jesús Cámara, director del Museo Salvador Victoria en Rubielos de Mora.


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